En esta época del año, las casas de San Juan Ixhuatepec despiden un aroma agradable. La esencia,
producto de la elaboración del tradicional ponche de fruta, endulza la memoria
de los habitantes, quienes año tras año recuerdan
que San Juanico ha padecido conflictos de territorio, violencia y una tragedia
que, desde 1984, ha dejado una gran herida.

Ubicado
al noreste de la Cuenca de México, en la sierra de Guadalupe, se encuentra la montaña de los ixhuates, San Juan Ixhuatepec[1]
(San Juanico). Su historia, poco conocida por los habitantes del valle de
México, se resume en una serie de conflictos territoriales que sólo lo
reconocen como una colonia popular.
Desde
que se registró, en el Códice
Ixhuatepec, como una tierra de nobles o pillalli sujeta a Tenochtitlan, al ser una propiedad otorgada por
Itzcóatl a los capitanes del contingente mexica; las discusiones para definir
la jurisdicción política y la cuestión fiscal
de San Juan Ixhuatepec en las cortes españolas, se convirtieron en los
fundamentos para reconstruir su pasado.
De
acuerdo con la Doctora en Antropología por la
Universidad Nacional Autónoma de México (unam), Ana Rita Valero García Lacuráin, el
contexto histórico de San Juanico se concibe
a partir de cuatro grandes períodos:
-
Los cambios de equilibrio político de la cuenca de México a Tenochtitlan, cuando
el señorío de Azcapotzalco fue derrotado,
en 1439, por los contingentes mexicas comandados por Itzcóatl; y por
ende la repartición de las tierras de
los conocidos tepanecas.
-
Las discusiones entre grupos principales de la Ciudad de México y
el gobernador de Tlatelolco, don Diego de Mendoza Austria y Moctezuma, sobre los derechos de propiedad de ciertas parcelas a finales del siglo XVI[2].
-
Las demandas, a mediados del siglo
XVII, de carácter fiscal para exigir
tributos con mayor vigor, por parte de
la Real Caja de México.
-
Y finalmente, la acreditación y
legitimidad de la posición de las tierras en el siglo XVIII a través de los Títulos de tierras pertenecientes al pueblo
de Santa Isabel Tola (1714), basados en los códice Cozcatzin (1572) y el códice
Ixhuatepec (1648-1654); para salvaguardar los intereses de algunos nobles.
***
Actualmente,
algunas personas refieren a San Juanico como una colonia popular integrada a la
Zona Metropolitana de la Ciudad de México, en el municipio de Tlalnepantla de
Baz, Estado de México.
No
obstante, la definición de su demarcación ha generado conflictos en el ámbito
jurisdiccional, al tener poco claro sus
límites territoriales. Ejemplo de ello, fue lo ocurrido el pasado 12 de
noviembre, cuando policías
capitalinos ingresaron al poblado de San Juanico,
derivando en los bloqueos de la autopista México-Pachuca.
Ante
ello, no se debe olvidar, que desde sus inicios, San Juan Ixhuatepec es un
pueblo originario, cuya autodeterminación se manifiesta a través de la
intensidad y espectacularidad de sus ciclos ceremoniales.
Después
de las fiestas patronales y los ciclos de cuaresma, los festejos decembrina,
ocupan un lugar importante en la toponimia de celebraciones religiosas, al ser
una actividad compleja en su organización.
En
esta ocasión, las celebraciones navideñas son significativas para Doña Lilia,
quien por 50 años ha organizado las posadas
de su comunidad.
Las posadas en San Juanico
El
ruido del tránsito local, es amenizado por el bullicio de los silbatos, las explosiones de los cohetes y
la música de una estudiantina. Entre las calles más concurridas, se van abriendo
paso. Su destino, escoltar un pesebre que, en esta ocasión, decide hacer un intervalo en la Iglesia de San Juan
Bautista, aquella capilla edificada en los años de 1616.
El
motivo de la pausa, antes de continuar con la búsqueda de una morada para las
imágenes de María y José talladas en madera en San Juan de los Lagos, es dar
gracias por medio siglo de organizar posadas. Detrás del pesebre, adornado de
nochebuenas, se encuentra su dueña,
Lilia Rodríguez Hernández, quien orgullosa cuenta su historia a sus
santos peregrinos.
Originaria
de San Juanico Ixhuatepec, desde los diez
años, Lilia ha organizado las posadas de su comunidad. Una vez que sus tías anunciaron
que dejarían de realizarlas, la devoción para perpetuar con la manda familiar, la
llevó a tomar la decisión de continuar con la tradición, pese a su corta edad.
En ese entonces, le dije a mi papá, Rogelio Rodríguez, que yo quería seguir con las posadas. Mi padre
me miró y me dijo: -¿Te gustan las fiestas?- Yo le contesté con mucha ilusión:
-Sí, mucho-... Mis padres me apoyaron, económicamente, con mi primera posada;
estoy muy agradecida con ellos, comenta mientras revisa
su cuadernillo de antigua novena para posadas, y se prepara para dirigir los
versos.
Desde
entonces, a partir de las siete de la
noche, los días del 16 al 24 de diciembre, el peregrinaje, acompañado con
rezos, camina por las calles de Ricardo
Flores Magón, Emiliano Zapata y la cerrada de
Ignacio López Rayón; para
recibir un pequeño rincón de una de las casas de las nueve familias, que
aguardan el día en que llamarán a su zaguán.
Sin
duda alguna, su voluntad para participar en los festejos, mantiene viva la tradición.
Los vecinos cercanos, con mucha fe
y devoción, ofrecen una parte de su tiempo. Preparando tamales, tortas y el
tradicional ponche, es como las familias nos guardan un rincón. Es tanta la
devoción, que cuándo una persona tiene problemas me piden prestada la posada.
Por la demanda, el siguiente año tengo planeado abrir un espacio para dos
posadas más; lo dice mientras sirve, en platos de
unicel, una porción de los 24 kilos de pozole rojo que preparó para recibir a
sus invitados de honor.
Sin
embargo, no ha estado sola en su andar. La acompañan sus Santitos: los de su
abuela y los que sus padres le compraron en San Juan de los Lagos.
Al igual que el Santo niño de la casa de
piedras, cuyo relato popular narra que un campesino lo encontró en un árbol,
cuando iba a su sembradío; los Santos de Doña Lilia cuentan dos grandes
historias personales:
La primera, cuando mi hermano cayó enfermo. Las posadas
estaban cercas y él no se recuperaba de su operación. Mi madre, Natalia
Hernández, al notar la gravedad de la
situación me dijo: -Este año, la posada no saldrá-.
Una noche, mientras lo cuidaba, me avisó que
prendiera la luz porque los Santos se habían caído. Yo no escuché nada. ¿Cómo
lo supo? ¡No sé! El caso es que encontré, en una posición muy peculiar, a la
Virgen María y San José: sobre la pancita del burrito. Al ver que no estaban
rotos, los coloqué en el cesto; en seguida mi hermano, quien
llevaba días sin comer, pidió alimento. Días después se recuperó. ¡Gracias a Dios!, la posada de 1978
salió sin ningún problema.
La segunda, es cuando a mi papá lo
internaron. Todo estaba listo, sin embargo, el ambiente era incierto. Mi padre
ingresó al hospital en la madrugada. Dice mi esposo, que en paz descanse, que
mi mamá le comentó que la posada no encontraría lugar, porque no sabían a qué
hora saldría Don Rogelio.
Encomendándome a la Virgen, oré por
mi papá. A las cuatro de la tarde, mientras mi mente sólo pensaba en avisar que la posada
se suspendería por una emergencia; el doctor nos dio la buena noticia de que mi
padre sería dado de alta al lograr estabilizarlo.
Y
a pesar de que el camino ha tenido muchas piedras, el pesebre de madera no ha
dejado de salir. Una vez instalado en la morada, a diferencia de las posadas capitalinas que
una vez concluidos los versos, comienza la convivencia; Doña Lilia empieza a rezar el novenario, aquel que pronunció por
primera vez a la edad de 15.
En los rezos, comencé con el apoyo de
Doña Carmelita, porque a los diez todavía no sabía rezar. Lo hice
hasta los 15 años, con mucha voluntad y
entusiasmo, recuerda mientras contempla su
nacimiento.
La
navidad después de la catástrofe
Es
inevitable hablar de San Juanico, sin mencionar el incidente de 1984. Los recuerdos
de Doña Lilia se suman a los de los demás sobre lo ocurrido el 19 de noviembre: el
día que el cielo se encendió de golpe.
Año
tras años, diferentes medios de comunicación reconstruyen, a través de
anécdotas de los habitantes de San Juan Ixhuatepec, el siniestro que ocasionó
la explosión de los depósitos de gas en las instalaciones de Pemex.
A
pesar de que los días posteriores fueron duros por el recuento de daños, Doña
Lilia celebró su posada número 16:
brindar un poco de alegría a las familias, ante la tragedia, fue el motivo suficiente para continuar pidiendo morada.
A pesar del ambiente tenso y
triste, porque perdimos familias completas, seguir retomando las tradiciones
del pueblo, era una esperanza para sanar las heridas que dejó el incidente; comenta
mientras reparte los aguinaldos.
Los
niños, entusiasmados, se forman. Pese a que los tiempos han cambiado y ahora
las nuevas generaciones prefieren
dulces, en lugar de cacahuates, caña y colación repartidos en bolsas
improvisadas de cartulina y papel china; las sonrisas continúan siendo las
mismas al recibir su aguinaldo.
Las
ilusiones de los más pequeños, son la razón para que la posada alcance a su
antecesora, la de Doña Lucha que tiene más de 80 años de vida.
Sin
dilatarse con la canasta de cacahuates, Lilia continúa construyendo su
identidad a partir de las experiencias que se suman desde aquel día que preparó
romeritos, bacalao y ensalada de betabel, para recibir a sus primeros
peregrinos.
Y es así, como todos
los años en el pueblo originario de San Juan Ixhuatepec se celebra la navidad.
Los peregrinos reciben un rincón de la
casa de Doña Lilia, y aunque es pobre la morada, desde 1968 los ha recibido de
corazón.
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